lunes, 14 de julio de 2014

LAS MANOS DE CRISTO


Las manos de Cristo 
Alcides me lo regaló sin venir a cuento. Era una pequeña figura de cuarzo blanco del Cristo Redentor. Después de su viaje a Río de Janeiro, mi amigo carioca tuvo ese detalle que agradezco y, aunque no soy muy devoto de vírgenes ni de santos, mi pasado como monaguillo a veces me traiciona, por eso, creo, lo coloqué en mi mesita de noche. Entre botes de pomada, pastillas para los dolores de espalda, un tomo actualizado del glorioso hidalgo cabalgando junto a Rodrigo de Vivar y otro libro que lleva galeones españoles de la mar a la selva de Macondo, el flexo, el radio-despertador… Lo dejé con sus brazos abiertos, como queriéndonos dar un abrazo a todos, todos.
Por la mañana no sé qué pasó pero lo encontré en el suelo. Quizás fuese Mari-flor, nuestra gata o, tal vez, yo mismo, en unos de esos torpes intentos por localizar la botella de agua para tragarme algún mal sueño, quien lo tiró de su pedestal. Lo recogí sin más y volví a dejarlo en su lugar. Después, las noticias matinales de los últimos desastres, de las inundaciones con centenares de muertos por las avalanchas y las lluvias, tiñeron de nuevo nuestro día de luto  sumándose al catálogo interminable de problemas cotidianos como la pobreza, los niños abandonados, los accidentes de tránsito, las drogas, el crimen organizado, la violencia, la corrupción...
Al levantarme de la cama y buscar las chanclas noté dos pequeñas manchas blancas en el suelo... las recogí  y, enseguida, vi que eran sus manos que parecían decirme de forma cruda y dura: ¡No hay remedio, yo no puedo hacer más nada!


                                                                                                           J.Carlos Grey

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